Hace poco compré un buen libro para aprender a escribir diálogos y así poder mejorar la calidad de éstos en todo lo que escriba. Un ejercicio que propone es imaginarte a dos personas en un ascensor que se estropea, dos personajes al azar. En este caso os presento a Eusebio y Manuela:

Escucharon un ruido y el ascensor se detuvo.

—No puede ser, otra vez —dijo Manuela con resignación—. Es la tercera vez este mes que me quedo encerrada, el presidente debería de hacer algo.

—No te preocupes, hija, dentro de un rato vendrán a sacarnos. —Eusebio se acercó a ella disimuladamente.

—Hoy no tengo tiempo para estropicios, en la casa dejé la comida en el fuego y me están esperando los niños.

—Manuela, ¿tú llegas a fin de mes?

A la pregunta del anciano ella levantó las cejas. No entendía a qué venía.

—Justo acabo de cobrar la paga… y me siento muy solo.

—¿Y qué quieres que haga yo por ti?

—Bueno… escuché que no te vendrían mal unos pocos de euros

—Eusebio comenzó su alegato acercándose más aún a Manuela—, estoy dispuesto a ayudarte este mes si me dejas que las contemple.

—¿Contemplar el qué?

—Ya sabes, tu pechonalidad.

Eusebio se frotó las manos. Su rostro reflejaba el ansia por volver a contemplar unos pechos. En aquel momento podría haber traspasado la ropa de Manuela con la mirada.

—Puto viejo salido —dijo el ama de casa. Acto seguido lo apartó de un empujón.

—Sólo quiero palparlas cinco segundos, además, vamos a estar un buen rato aquí encerrados.

La cara de asco de Manuela se mezcló con la de ira. Le propinó al viejo una patada en sus genitales que lo dejó en el suelo tirado.

—Nunca Jamás oses intentar algo así con una mujer, o tendrás que volver a vértelas conmigo.

—¿Estáis bien? —Se escuchó desde el otro lado. Al fin alguien se había dado cuenta del ascensor roto.