La disciplina es la fuerza que impulsa las velas de un proyecto y lo hace avanzar.

¡Hola a todos! He vuelto, y más disciplinado. Me he propuesto subir dos entradas al blog al mes, que para lo que venía escribiendo es mucho, aunque es menos de lo que me gustaría. Hoy os traigo un microrelato fantástico que presenté a un concurso de microrelatos. Consideradlo el primer canapé de mi libro:

 Lo había hecho. Me miré las manos ensangrentadas y asumí que no había vuelta atrás.
«La magia negra está prohibida, pero ya nada importa…», pensé.
El cumplimiento de las normas sagradas de Brethal, el árbol madre, era inapelable.
«Obtendrás un poder que jamás ningún elfo ha conseguido», defendió una parte de mí, aminorando el sentimiento de culpa de mi interior.

Hasta aquí llegaba el microrelato. Yo, que creo que esas son pocas palabras, le añado en exclusiva para esta entrada:

     «El maestro estará orgulloso. —Mi voz interior volvió a hacer acto de presencia. Me sequé la sangre de las manos en la túnica de lino; todavía no estaba acostumbrado a que goteara de mis manos al suelo—. He conseguido absorber medio litro sin descontrolarme».
     El cuerpo de aquel niño humano yacía inerte a mi lado. Sus ojos fríos y de mirada perdida estaban fijos en mi figura. Por un instante sentí pena, lástima; pero el fin de la misión era más grandioso que cualquier precio que hubiera que pagar. Con el paso del tiempo, y con cada nuevo ritual, este sentimiento fue desapareciendo y tornándose en placer.
     Durante milenios, los elfos que practicábamos la magia de sangre habíamos sido perseguidos por ir más allá, por buscar los límites del poder y de nuestra propia naturaleza. Brethal nos limitaba. ¿Por qué cortarle las alas a tus propias creaciones cuando pueden llegar a superarte? ¿Acaso ella, una deidad, nos tiene miedo?
     Todavía conservo parte de la sangre de aquel primer sacrificio. El recuerdo de su sangre entrando en mi cuerpo y aumentando mi propia energía jamás se me olvidará. El maestro dijo que sería excitante, y no mentía.
     Después de aquel primer sacrificio llegarían decenas más. Tenía que mejorar mi técnica de absorción si quería ser tan bueno como Estevth, mi padre, o como el maestro; luego llegarían los hechizos de sangre.
     Al principio tenía miedo de que algún elfo me encontrara mientras realizaba el ritual de absorción, pero descubrí que, en el fondo, sentía excitación de rebelarme como lo que era: un elfo destinado a liderar nuestra nación hacia la conquista del continente y la destrucción de Brethal.
     Pasé todo el reinado de Plicem practicando nuestro arte. Lo perfeccioné. Mi padre estaba orgulloso de mí, y mi maestro más; por fin iba a poder vengarse de todos aquellos que lo habían perseguido a lo largo de su vida. En poco tiempo planeamos la rebelión, comenzando la guerra civil que casi nos lleva al éxito. Pero tuvo que aparecer Eöl.
     Fue interesante ver cómo mis dos maestros se enzarzaban en una pelea hasta la muerte. El iluso de Eöl creyó que podía hacerme cambiar de opinión. Ya era demasiado tarde.
     —No mereces el apellido Duranor —me dijo, agonizando.
     —Aunque no lo merezca, todo el mundo conocerá quién es Dúath Duranor —respondí con una sonrisa.
     —No. —Eöl tosió varias veces, derramado sangre en el suelo—. En este mismo instante viene a por ti Plicem en persona. El sacrificio de los niños elfos de la Academia ha sido el punto final de tu historia…
     La verdad es que no sé por qué, en estos instantes, te cuento esto. Tal vez sea para que entiendas las razones que me llevaron a hacer lo que hice. 
     Sí, Plicem me juzgó y me desterró a vagar por el bosque como una alimaña con Estevth. Jamás se imaginaría que mi poder en aquel momento habría llegado al punto de superar a mi progenitor y a mi maestro. Acepté sus órdenes con paciencia. Los cientos de años que viví en el destierro los pasé con la esperanza de retornar al poder, y con tu muerte, la oportunidad se presentó sola.
     Klain, al final tú no eres tan distinto de mí. Fuiste despojado de lo más importante para una persona, su vida. Conmigo recuperarás lo que siempre fuiste. No te resistas. Tu existencia cambiará a partir de hoy. Tendrás un nuevo nombre que todos en este continente temerán.
      Tú y yo, juntos de la mano, dominaremos cada rincón de esta tierra.

Si has leído hasta aquí, ¡enhorabuena! Espero que te haya gustado, aunque no lo entiendas del todo. Es una pequeña microcápsula aparte del gran universo que es, y será, la trilogía de Kónjetum. Pronto podréis encajar todas las piezas de este gran puzle.

¡Gracias!