De conocerla, muchos calificarían mi existencia como bastante interesante…
    Casi nadie sabe quién o qué soy en realidad. Correrían si lo hicieran. Una parte de mí se considera un parásito en este mundo, o por lo menos el portador de uno. Otros como yo están orgullosos de lo que somos, yo no.
     No sé si habría querido recordar la fecha concreta en la que ocurrió, pero yo no tuve esa oportunidad: un portador contagió a mi madre cuando estaba embarazada de varios meses. Ella luchó una semana contra el parásito hasta que no pudieron hacer nada por ella. Después él vino a por mí.
    Tal y como reconocen todos los portadores más ancianos, ningún bebé sobrevive a la lucha con el parásito más de veinticuatro horas. Pero yo lo hice. Existen sólo un par de casos documentados en la historia de nuestra raza, aunque creo que soy el único que todavía vive.
     Puede que te preguntes acerca de lo que estoy hablando. Vosotros nos llamáis vampiros y creéis que sólo somos ficción.  Estáis muy equivocados, aunque considero que sois más felices en vuestra ignorancia.
     Siento ser yo el que te diga que los vampiros existen. Yo prefiero llamarnos portadores, para no olvidar el parásito que se aloja en nuestro corazón y se alimenta de nuestra sangre. Sí, lo has adivinado, esa es la razón por la que tenemos le necesidad imperiosa de beberla.
    Mi mente se encarga de recordarme cada día las malas decisiones que he tenido que tomar. A veces no puedo sacar sus gritos de mi cabeza; otras me estremezco al reproducir la sensación de su sangre recorriéndome la piel. Espero que jamás tengas que pasar por una situación así.
    Él me dijo que jamás había visto unos ojos brillar de aquella manera en todos sus años de vida. Me miré al espejo y comprobé que el color morado llenaba por completo mi iris y pupilas.
    —Eres único —repitió hasta la saciedad, lleno de asombro.
     En aquel momento comprendí que tendría que luchar contra mi interior cada uno de los días de mi vida.
    Por suerte, vivimos en una sociedad racional que comprende que no puede matar a todo el ganado (vosotros) porque os necesitan para que sigáis produciendo, donando, sangre. De ello se encarga el banco de sangre.
   Sólo los ricos pueden permitirse el lujo de tomar sangre pura de humano. La mayoría debe conformarse con sangre adulterada con añadido animal. Por último, están los llamados perjuros, que se saltan nuestra máxima ley: no atacar a humanos para beber directamente su sangre y transmitirles el parásito; y son perseguidos por nuestras autoridades.
     Mi nombre es Ethan, soy un portador de nacimiento, y me dedico a la caza de perjuros.