El sol salía por el horizonte brindando su luz a todas las cosas con las que se topaba. Como cada mañana, la primera en recibir sus rayos era una Montaña de más de ocho mil metros de altura. Al topar los rayos de luz con su figura, la Montaña proyectaba una gigantesca sombra que se extendía kilómetros y kilómetros de distancia.

Esta montaña en particular, a pesar de ser tan alta, se sentía triste. Su extensa sombra llegaba a cubrir a decenas de Montes más pequeños, y éstos, al no recibir directamente la luz del sol, le echaban la culpa a Montaña.

— ¡Todos los días igual! ¡No tenemos ni un rayo de sol por tu culpa!

Montaña se sentía triste. Por mucho que intentaba ser más bajita, su altura acababa imponiéndose a la pequeña estatura de los Montes que se quejaban contra ella. Los Montes mantenían cada día cientos de conversaciones entre ellos, pero no dejaban participar a Montaña, pues la acusaban de intentar acaparar personas para subir a su cumbre.

—Deja ya de intentarlo. Aunque no nos dé el sol directamente, nuestras praderas están más verdes y llenas de árboles. Tú estás llena de rocas y nieve; así nadie quiere subir ni un metro por tu falda.

Aquellos comentarios no le gustaban a Montaña, que se sumía en amargos llantos, provocando terroríficas avalanchas.

—Mírala, allí tan alta y tan sola. Se cree algo por ser tan alta. No sabe que esa es la razón por la que todos prefieren subirnos a nosotros, somos Montes más asequibles para las personas.

Los Montes se vanagloriaban de recibir visitantes. Visitantes que la Montaña veía con tristeza en sus ojos. Jamás nadie había puesto un pie en sus rocas para intentar alcanzar su cima.

Un día, cansada de los comentarios de los Montes, y embargada por la tristeza de verlos llenos de personas subiendo hasta sus pequeñas cimas, Montaña decidió que debía irse. No sabía dónde, pero dejó que su instinto la llevara.

Con mucho esfuerzo, tiró y tiró de sí misma hasta que sus raíces profundas se soltaron de la tierra que pisaba. Antes de partir, Montaña echó un último vistazo hacia atrás y comenzó a andar, a recorrer mundo.

Las estaciones pasaron mientras Montaña recorría cientos de kilómetros al día. Todos y cada uno de ellos se cruzaba con otros Montes pequeños a los que su presencia también molestaba, por las mismas razones que aquellos de los que ya estaba cansada. Pero un día fue diferente.

El sol se alzaba en lo alto del firmamento cuando percibió una larga sombra en el suelo. Al alzar su vista comprobó que se trataba de una montaña gigante, justo como ella. Corrió y corrió en su búsqueda, hasta que la encontró.

— ¡Hola! Soy una montaña que vengo desde muy lejos, ¿qué tal todo por aquí?

No obtuvo respuesta. La otra Montaña era tímida y ensimismada. Montaña volvió a intentarlo.

—Soy nueva por aquí, ¿este sitio tiene personas que suben a cimas altas?

Por fin Montaña vio los ojos en su compañera. Abrió la boca y comenzó a escupir hielo; había estado llorando.

—Déjame… seguro que a ti también te importa mi sombra, y seguro que las personas suben a tu cima…

Montaña se quedó pensativa sin saber qué responder. Después de un tiempo volvió a abrir su boca.

—Sé lo que sientes, yo también me sentí así… los Montes se creen mejores por ser más verdes y por tener personas que suben a su cima todos los días…

Con aquellas palabras había atrapado la atención de la otra Montaña.

—Es por eso que estoy recorriendo el mundo, quería escapar de aquel lugar. Pero hoy, aquí contigo, creo que ya sé por qué estoy viajando tantos kilómetros: Voy a conocer a todas las montañas altas de este mundo para saber qué tal les va a ellas.

—Quiero irme contigo —dijo al instante la otra Montaña— Llévame.

—De acuerdo. Vámonos.

Y así, Montaña y la otra Montaña comenzaron su viaje por toda la tierra. Cada mes, se encontraban con una Montaña de su altura, y todas se sentían igual que Montaña; todas recibían desprecio por su dimensión gigantesca. Siempre que ocurría esto, Montaña mantenía una conversación con las otras Montañas, justo como había tenido con la primera, y acababa convenciéndolas de unirse a su pequeño grupo errante de Montañas gigantes.

Un día, algo cambió. Cuando ya eran quince Montañas las que formaban aquel curioso grupo, se encontraron con otra de su tipo. Nada más verla se sorprendieron: primero, porque todos los Montes de su alrededor hablaban con ella y estaban encantados de su presencia; y segundo, porque decenas de personas ascendían por su ladera nevada y coronaban su cima. Y este hecho era para ellas como haber conquistado el horizonte de este nuestro planeta.

—Vaya… es impresionante. ¿Cómo lo haces? Es decir… los Montes no te critican por quitarles la sombra, ¡y las personas suben por tu ladera!

Esta Montaña feliz rio a carcajadas durante un rato. Luego abrió su inmensa boca para relatar su experiencia al grupo de Montañas que la miraban con aspecto triste.

—La primera vez que vine aquí, los Montes estaban cansados de que el sol les iluminase todas las horas del día. Al estar despoblados de árboles, las personas no querían coronar sus cimas —dijo a la vez que varias personas gritaban en su cima por haberla alcanzado—. Cuando yo me establecí aquí con ellos, mi sombra fue suficiente para hacer que las personas subieran a sus cimas. Desde allí, me veían a mí como un reto impresionante y lejano.

Las Montañas asentían sus cabezas al unísono, absortas en la increíble experiencia de la Montaña feliz.

—Así, cada vez más gente se fue atreviendo a subir mis laderas para coronar mi cima. Este hecho era cuestión de orgullo y superación entre las personas, por lo que con el paso del tiempo conseguí tener siempre gente ascendiendo por mí. A la vez, los Montes me daban conversación a cada momento, sabedores que mi presencia junto a ellos era clave para tener a gente en sus propias cimas.

Las Montañas miraban con cierta envidia a la Montaña feliz, que todavía no había acabado su relato y tenía una última sorpresa.

— ¿Acaso no veis lo que sois? —dijo señalando al grupo de Montañas que la miraba con ojos incrédulos—. Habéis dejado que un puñado de Montes envidiosos de vuestra altura determinen lo lejos que podéis llegar. Sois un grupo de Montañas gigantes, con cimas que cualquier persona con una pizca de atrevimiento querrá coronar. ¿Vais a huir para siempre de lo que sois en realidad?

Un nuevo sentimiento nacía en lo más profundo de cada Montaña. No iban a hacer más caso a los Montes que las habían discriminado, haciéndolas creerse inferiores. Todas eran Montañas con picos de muchos miles de kilómetros, aunque al principio se creyeran por debajo de Montes de cientos de metros.

Tras aquellas palabras, el grupo Montañas se quedaron asombradas. Jamás habían escuchado una reflexión como esa. Al instante decidieron que recorrerían algunos miles de kilómetros más antes de establecerse juntas en algún lugar de la tierra.

Así fue, con el paso de los años las Montañas se agruparon las unas contra las otras y echaron raíces en algún lugar de Asia. Con el paso del tiempo adquirieron importancia y fama, en ningún otro lugar del mundo había juntas Montañas tan altas.

Gracias a las sabias palabras de la feliz Montaña gigante, las personas comenzaron a escalar las cimas de todas y cada una de las montañas que formaron aquella cordillera, a la que las personas le pusieron el nombre de «Himalaya».

Cada día, nada más que los primeros rayos de sol despuntan por el horizonte, aquella primera Montaña que decidió recorrer el mundo para conocer a otras Montañas como ella, sonríe de la decisión que tomó al abandonar el lugar en el que no la querían para buscarse a sí misma, para encontrar a seres como ella, para buscar la felicidad.

Cada día, «Everest» mira al horizonte y agradece bien fuerte a aquella Montaña que les descubrió un nuevo punto de vista desde el que ser felices.