Un niño miraba por la ventana de su habitación apoyando su cabeza sobre sus brazos. Los ojos le brillaban, pues era de noche, reflejados en la luz de la luna que él contemplaba absorto.

Para el pequeño no había nada más bonito que aquel satélite redondito, blanco como la leche. Él había estudiado en la escuela que la tierra no sería la misma sin la luna, pues ésta influía en la tierra de diversas maneras, encantándole saber que sin ese pequeño foco blanco del cielo, probablemente no se habría desarrollado vida en la tierra ni existirían las mareas.

Recordaba una y otra vez la poesía que su madre, le había enseñado, y la tarareaba:

 

Cuando anochece en mi balcón hago pompas de jabón,

mi mamá viene y me regaña porque me ensucio el jubón.

Mas anochecido ya, mamá exclamó

«!Qué linda y hermosa la luna está¡».

¿Ves mamá? Una pompa que hice yo.

 

Los recuerdos le venían a la mente, acurrucado en brazos de su madre mientras ella le recitaba cada uno de los versos que componían aquel poema.

—Jamás dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo, todo lo que te propongas lo puedes llevar a cabo si pones el suficiente empeño en ello —le decía, sus palabras se quedaban grabadas a fuego en la memoria de aquel pequeño.

Su imaginación le llevaba al momento en el que algún día él llegaría en una nave espacial, y una vez que la nave aterrizase en la superficie lunar, abriría la compuerta y se daría un largo paseo por los cráteres hasta que su vista se fijara en la tierra, nuestro planeta.

—No digas tonterías, estás loco —reían sus compañeros cuando él les contaba su gran sueño. No creían que fuese posible llegar a la luna.

Ese pesimismo le acompañaba allí donde él iba, sus profesores, sus amigos y los vecinos de la pequeña aldea en la que vivía. Todos le querían quitar la idea de la cabeza, su pretensión era hacerle bajar de las nubes en las que creían que vivía y que pusiese los pies en la tierra.

El tiempo avanzaba y aquel niño se convertía en un muchacho. Las palabras de su madre y la poesía seguían tan presente en su mente como el primer día. Una lucha se sucedía en su interior cuando el resto de las personas se reían de su sueño de alcanzar la luna, pero él cada noche avivaba la llama de ese deseo saliendo a la misma ventana de siempre y contemplando las formas que tomaba cada noche.

—Jamás dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo, todo lo que te propongas lo puedes llevar a cabo si pones el suficiente empeño en ello…

Los aplausos comenzaron mientras todas las miradas de los asistentes a la rueda de prensa se clavaban en aquella figura vestida de blanco. Dio tres grandes zancadas y llegó hasta los micrófonos. Les dio un golpe para comprobar que funcionaban, y tras esto comenzó a hablar:

—Buenos días a todos, me alegro de verlos aquí hoy, expectantes a cada palabra que pronunciaré —dijo mirando al frente y fijando sus ojos en las personas sentadas en sillas hasta el fondo de la sala—. A lo largo de mi existencia multitud de personas me han recordado lo imposible que era realizar el hecho por el que vienen aquí a escucharme.

En la sala únicamente se escuchaba la voz de aquel hombre, al que todos miraban llenos de curiosidad.

—Desde que era pequeño mi sueño fue siempre pisar la superficie de la luna. La gente me decía que yo, un chico de pueblo, jamás llegaría siquiera a salir de nuestra pequeña aldea. Sólo una persona confió siempre en mí, mi madre, aquí sentada orgullosa en primera fila.

— ¿La luna sale de noche? —preguntó a todos los asistentes, al segundo se respondió a sí mismo—. Todos creemos que la luna sale sólo de noche, pero eso no es totalmente cierto. La luna es vista en el cielo a lo largo del día, el hecho de que parezca que sólo la podemos ver de noche es debido a que destaca y expone todo su brillo con la oscuridad.

»La gente que me rodeaba pensaba igual que todos aquellos que sólo son capaces de ver la luna por la noche. Yo veía mis sueños hechos realidad, únicamente me faltaba el esfuerzo necesario para llegar a ellos. Que la opinión de los demás, tan brillante como el sol en un caluroso día, no te impida ver la luna que también está presente en el cielo, no te impida que persigas tus sueños y los cumplas. Como yo he hecho en la reciente misión lunar, de la que siempre guardaré fantásticos recuerdos.

El reconocido astronauta miró a su madre con orgullo, y ella le devolvió el gesto, mientras le caían varias lágrimas por el rostro. Antes de girarse para acabar con aquella rueda de prensa, pronunció:

—La luna es esa pompa que creé, y nadie consiguió explotarme el sueño de verla, de pisarla, de poder contemplar la belleza de nuestro planeta desde el brillante satélite.