Llevaba demasiados días vagando solo por el desierto. Hacía tiempo que buscaba a la Musa. Me habían dicho que para encontrar inspiración y comenzar ese relato al que mi cabeza daba vueltas, debía de encontrarla; pero no sería fácil.

Durante meses vagué por bosques frondosos por si se encontraba junto a los animales bebiendo de cualquier bello arroyo, o bajo el agua de alguna cascada, e incluso en lo más alto de las copas de los árboles. Pero no apareció. Luego probé con las playas. Tal vez le gustara más la arena y el sonido del romper de las olas contra la costa, o el canto de las aves que sobrevuelan el mar para cazar algún pez que llevarse a la boca. Y tampoco la encontré. Desesperado, pregunté por todos lados si alguien sabía realmente dónde se encontraba la Musa, y con ella, la inspiración que debía hallar para comenzar mi relato.

Un anciano con el que me crucé en una bonita isla paradisíaca, en la que disfruté de la presencia de extraños animales que jamás había visto, me contó que tal vez podría encontrar a la Musa en lo más profundo de uno de los desiertos más áridos y gigantescos del planeta. Y fui hasta allí para comprobar sus palabras.

Pasé días enteros recorriendo cada duna de aquel maldito lugar. En ningún momento creí que allí la encontraría. El desierto no tenía vida, y tenía la seguridad de que la Musa necesitaba de elementos vivos de los que nutrirse. Además, era esquiva, pero no tanto como para esconderse en un sitio tan recóndito.

Un día, casi ya sin agua, desesperado por el ardiente sol que me quemaba en la espalda, por tener los pies llenos de callos, y los labios cortados por el frío que dominaba la noche, me encontré con un Oasis. Pestañeé para comprobar que era real, que no desaparecería. Y no lo hizo. Me acerqué corriendo a él para resguardarme en la sombra que ofrecían sus palmeras, y beber del agua cristalina que fluía de un pequeño manantial natural. Saciaba mi sed a largos tragos de agua cuando una voz sonó a mi espalda:

—Hola amigo, ¿qué haces aquí?

Me giré de inmediato, y allí estaba. ¡La musa! Pero… únicamente era el anciano que me había indicado en la isla paradisíaca que debía dirigirme al desierto. Si él era la Musa, debía de estar bromeando. ¿Para qué me había hecho andar tantos kilómetros? Nadie me había dicho nunca el aspecto que tenía la Musa, pero yo no me la imaginaba así. No, definitivamente mi interior no quería aceptar que él era aquello que tanto tiempo llevaba buscando.

—Llevo buscándote durante meses. Te encontré en una isla, pero me hiciste venir aquí —dije enfurecido. No podía todavía creer que él fuera la Musa.

—Ah, ya te recuerdo. —Se llevó las manos a la cabeza—. Buscabas a la Musa, ¿cierto?

Asentí. Quería que me revelara que era él, que me explicara la extraña razón por la que me había hecho buscarle en aquel recóndito lugar. «Tal vez es su santuario», pensé.

—Lamento decirte que no soy quién buscas. Pero… si no es molestia, ¿por qué buscas a la Musa?

Aquellas palabras cayeron pesadamente sobre mí. ¿No era él?

—Quiero encontrarla para que me otorgue la inspiración necesaria para plasmar un relato que tengo en mente. Es muy importante para mí hallarla, pues con ella se acabarían mis problemas de sequía como escritor.

El anciano sonrió. Luego se dio la vuelta y se sentó en la sombra de una de aquellas gigantescas palmeras. Cogió una rama, y comenzó a introducirse dátiles en la boca.

—Aunque todavía no hayas encontrado a la Musa, ¿escribes todos los días?

—No —respondí—. No voy a escribir una palabra hasta que ella me otorgue la inspiración.

—Vaya… esa no es una decisión acertada, amigo mío.

Sus palabras me enfurecieron aún más. ¿Qué sabría él?

—Debes de seguir buscando, la Musa no se encuentra aquí en estos momentos. Es cierto que la veo de vez en cuando, pero ahora ha partido hacia otro lugar. Si quieres encontrarla, te aconsejo que la busques por más lugares, y si pasas años sin encontrarla, entonces vuelve a este Oasis por si en ese preciso instante estuviera aquí descansando.

Me pasé años haciendo caso a las palabras de aquel anciano. No sabía por qué, pero intuí en aquel Oasis que sus palabras eran lógicas, y que él debía tener razón.

Viajé a lo largo y ancho de este mundo; busqué a la Musa en lo más alto de las montañas, y en lo más profundo de la tierra y del mar. Busqué en angostas cuevas por si se hubiera escondido allí, entre estalagmitas y estalactitas; pero no apareció.

Diez años después, habiendo recorrido casi todos los países que pueblan este mundo, conociendo a multitud de personas interesantes en mi camino, admirando miles de paisajes al atardecer y al amanecer, observando nuevos y extraños animales, decidí que ya había buscado bastante sin resultado. Así que me dirigí a aquel Oasis de nuevo.

Cuando llegué, el anciano se encontraba sembrando en la fértil tierra que ofrecía aquel lugar rodeado de arena.

—He buscado a la Musa durante años en los lugares más recónditos del planeta, y no la he encontrado —bajé la cabeza, rendido. Luego el rencor de mi interior salió para atacar al anciano—. Y todo por tu culpa. Tú fuiste el que me convenciste para hacerlo. Eras la Musa, pero me engañaste diciendo que no para que dejara de molestarte.

El anciano dejó la bolsa de semillas en el suelo y se acercó hasta mí.

—He de reconocer que sigues realmente equivocado —dijo, pronunciando cada palabra con tranquilidad—. Tuviste a la Musa muy cerca, pero no la encontraste. Y sé por qué. Pero antes de que hable algo más, quiero que me cuentes qué cosas extraordinarias han visto tus ojos durante estos diez años.

Perplejo por sus palabras, comencé a relatarle los lugares que había visitado en mi búsqueda. Varios minutos después de comenzar, ya le relataba ilusionado aquella vez que había visto amanecer desde una de las montañas más altas del planeta, o la ocasión en la que una comunidad entera me ofreció lo poco que tenía para quedarme con ellos y luego poder proseguir mi viaje. Pero, sin duda, le comenté que jamás iba a olvidar la sensación de ser pequeño en un mundo tan basto y tan bello.

El anciano sonrió con mis palabras. Se acercó hacia mí y dijo:

—Enséñame tus manos. —Me las agarró, examinándolas detenidamente—. Mmm… estas no son las manos de un escritor. La primera vez que nos vimos te pregunté si escribías todos los días. ¿Lo has hecho durante tus viajes? ¿Has escrito algo?

—No… todavía sigo buscando a la Musa. Cuando la encuentre ella me dará la inspiración necesaria para comenzar mi relato —respondí mirándome a aquellas manos que acababan de ser juzgadas.

—No tienes por qué buscar más, ya la has encontrado —dijo, acto seguido se sentó con las piernas cruzadas en la hierba del suelo.

No lo podía creer. Al final, aquel maldito viejo me había engañado. Era él desde el principio.

—Viejo, o Musa, o como te llames. ¿Por qué me has mentido? —grité. Aquel viejo había alargado mi búsqueda diez años por mero capricho.

—De nuevo equivocado. —Arqueó las cejas—. Llevas años esperando a escribir la primera palabra de tu relato, sin embargo, todas las experiencias que describes con tu voz son maravillosas. Cada palabra me ha cautivado, llevándome en mi imaginación hasta aquel momento, recuerdo, o paisaje.

»Ahora sí estás preparado, hace diez años no. Me presento, no soy aquello que tú llamas Musa, yo me llamo Experiencia. Con la escritura, al igual que con más cosas de la vida, la inspiración muchas veces llega a base de trabajo, entrenamiento y experiencia. La Musa, junto con la inspiración que tanto ansías, vive dentro de cada uno. Ella sale al exterior en cuanto comienzas a hacer aquello en lo que quieres sentirte inspirado, pero tú no escribiste una palabra en todos esos años. Has vagado por el mundo en un intento de hallarla en el exterior, cuando deberías de haberla buscado dentro de ti.

No podía creer que las palabras del anciano fueran ciertas. ¿Siempre había estado dentro de mí? Cerré los ojos, en un intento de visualizarla en mi interior. Y tras varios minutos allí la encontré.

—Por fin. Ni te imaginas el tiempo que he esperado para que me buscaras aquí dentro —dijo una voz, que al instante supe que era suya—. Ahora que me has encontrado, quiero decirte que nunca más te voy a abandonar; tal vez me ausentaré de vez en cuando, y en ese momento deberás de usar tu experiencia para llamarme. Tienes experiencias, vivencias suficientes como para ser uno de los mejores escritores del mundo, así que no pierdas tiempo y comienza ahora mismo a escribir aquello que tu corazón ansía.

Lloré. Qué necio había sido. Pero, después de tanto tiempo, por primera vez sentí que cada uno de los momentos que había vivido mientras la buscaba me servirían de algo. Vivencias, eso me llevaba, y me llevaré, hasta la tumba.

La Musa me habló, no por última vez, pues compartiríamos miles de momentos creativos posteriores, pero sí me habló con una intensidad como nunca más lo hizo:

—Jamás esperes a que yo aparezca para hacer algo. Comienza, gana experiencia, aprende, equivócate, y algún día yo apareceré. No soy fija, pues voy y vengo. Aprovecha los días que estoy a tu lado, y aprovecha más los que no lo hago, para seguir adquiriendo momentos vividos, que son al fin y al cabo aquel material en el que te apoyarás para crear. Al final todo llega, y tendrás experiencia en encontrarme, llegando a estar juntos durante largas jornadas. Recuérdalo siempre, llegaré después de los primeros cien primeros pasos.