Amelia se levantó de la cama con la misma sonrisa que todas las mañanas, aquella que poco a poco se iba escondiendo según las horas del día pasaban hasta la llegada de la noche. Pero dormir parecía tener un efecto poderoso en ella, ya que al día siguiente su sonrisa volvía a estar dispuesta en su rostro para alegrarle el día a los demás.
     Ella siempre contaba con orgullo que trabajaba en una factoría en la que construían máquinas que le solucionaban la vida a la gente. Aunque la realidad era otra: la obligación de asistir cada día de su vida a aquel lugar en el que eran tratados como números por un jefe de producción autocrático era la razón por la que su sonrisa desaparecía cada día de su rostro.
     Una tromba de agua descargaba con rabia su lluvia contra el suelo aquel día. Esperó durante demasiados minutos el autobús en la parada. Llegaba tarde, por lo que agarró su paraguas y comenzó a caminar hacia la factoría. Su jefe no le recibiría con agrado después de aquello.
     La fuerza de la lluvia rompió su paraguas, mojándole toda la ropa. No paró un segundo porque tenía bien claro que debía llegar a la fábrica como fuese. Por fortuna, sus ojos atisbaron una construcción al lado del camino y corrió hacia ella para guarecerse del agua.
     Estando ya más calmada, comprobó que se trataba de una vieja estación abandonada. Le extrañó, pues nunca había oído hablar de que por aquel lugar pasara ningún tren.
     La tierra y el barro habían anegado el suelo, dejando ver sólo pequeños trozos del mármol que había debajo. El óxido cubría buena parte de la estructura de hierro que soportaba el techo, dando la impresión de que podía derrumbarse en cualquier momento. Tuvo que apartar basura para sentarse en un banco junto a las vías, cuyo hierro oxidado estaba cubierto de abundante vegetación por el desuso, a esperar que el temporal amainara.
     De repente, una luz la dejó cegada y el sonido de una sirena retumbó entre aquellas paredes. Un tren paró enfrente suya y abrió sus puertas, invitándola a entrar.
     «No puede ser, jamás ha llegado un tren aquí —pensó en un intento de dar respuesta a lo que veían sus ojos—. Si las vías están intransitables, ¿cómo ha llegado?».
     El miedo que sentía no le permitió mover un solo músculo. Pasados varios minutos, el tren cerró sus puertas y se alejó de la estación a un ritmo constante hasta desaparecer por el horizonte.
     Una vez que consiguió calmarse, comprobó que la lluvia había amainado y que podía volver a retomar el camino a la factoría, donde su día se desarrolló justo como los demás.
     Pero la curiosidad había germinado en su interior. Al día siguiente, a la salida de la factoría, no cogió el autobús que la llevaría a su hogar como normalmente y se dirigió por la solitaria carretera a pie hasta la estación abandonada. Debía saber qué era todo lo que había visto el día anterior.
     Cuál fue su sorpresa al encontrarse con una estación distinta. El barro y la tierra habían desaparecido, los barrotes parecían recién pintados y las malas hierbas habían sido cortadas. A los pocos minutos, la luz del tren le indicó que este se acercaba. Esta vez la curiosidad le venció al miedo y, cuando el tren abrió sus puertas, Amelia asomó la cabeza al interior del vagón.
     Vacío. Lo único que encontró fueron asientos vacíos y las luces del vagón encendidas. Quedó aún más extrañada. «¿Un tren sin pasajeros?».
     Aquella noche no pudo dormir. El recuerdo del tren volvía a su mente y ella se obligaba a sí misma a intentar recordar cualquier detalle que le ofreciese una explicación lógica para justificar por qué el tren iba vacío.
     Al tercer día ya se sabía el camino de memoria. La estación parecía recién inaugurada. Cuando el tren paró en el andén y abrió sus puertas, del interior del edificio de la estación salió un anciano, dándole un susto a Amelia.
      —Hola, ¿qué haces por aquí? —preguntó.
    El anciano se sentó en el banco en el que ella había quedado petrificada el primer día. Ella se armó de valor y consiguió articular unas pocas palabras
     
— ¿Qué es esto…?
     —Una estación de trenes. ¿Acaso no lo ves?
     Ella sacudió la cabeza ante la incomprensión del anciano.
    —No. Yo me refiero a que no es una estación normal. Hace tres días estaba abandonada, y ahora luce como si nunca hubiera estado en desuso.
     El anciano se levantó y se colocó a su lado.
    —Tienes razón. Las cosas cuando se dejan de usar y no se cuidan se estropean. Algo parecido le ha pasado a esta estación, hasta que llegaste tú.
     Dio dos pasos y se introdujo en el vagón. Con la mano le indicó a Amelia que le acompañara.
     — ¿Quieres entrar?
     Ella negó con la cabeza.
     —Gracias. Prefiero quedarme aquí. Tengo que volver a casa ya, y no sé a dónde lleva ese tren…
     El anciano le devolvió una sonrisa mientras las puertas del vagón se cerraban.
     —Está bien Amelia. Hasta mañana.
     El tren se alejó y Amelia quedó petrificada.
     «¿Cómo sabe mi nombre si jamás he visto a aquel anciano?».
    No le quedó más remedio que volver el día siguiente para encontrar una explicación a todo lo que había ocurrido desde el primer día en la estación. Quería pensar que se trataba de una broma, o una serie de acontecimientos casuales por los que el anciano fuera familiar lejano suyo y la conociera de alguna otra ocasión.
     Cuando llegó a la estación encontró al anciano sentado en el banco del andén.
     — ¿Qué es todo esto? ¿Magia? —preguntó con ímpetu.
     Tenía que haber una explicación para todo.
    El anciano no le contestó. Comenzó a reír mientras Amelia le observaba de lejos llena de confusión. «¿Y ahora por qué se ríe?».
     —Amelia, ¿sabes hacia dónde lleva el tren?
     Ella se sorprendió de volver a escuchar su nombre y negó con la cabeza.
     —Yo sí. Hacia tus sueños.
     —Deja de decir tonterías —respondió ella visiblemente enfadada.
     No iba a permitir que un viejo le tomase el pelo. Se dio la vuelta y tomó la carretera hacia su casa.
   Aquella noche soñó con la estación y el tren. Las puertas del vagón se abrían y ella estaba decidida a entrar. Se despertó justo en el momento en el que iba a poner un pie en su interior. «Tengo que hacerlo», se dijo a sí misma.
    Por ello, esa misma tarde volvió a la estación. Para su sorpresa, el tren había llegado y la estaba esperando con las puertas del vagón abiertas. Indagó por el lugar en búsqueda del anciano, pero no encontró rastro alguno de él.
    Sus pies cruzaron el andén y se introdujo en el vagón. Se sentó en uno de los asientos más cercanos a la puerta, por si debía salir corriendo. Las puertas se cerraron y el tren comenzó su viaje. Amelia disfrutó durante varios minutos de ver por la ventana el paisaje que le mostraba al sol escondiéndose por el horizonte, llenando el cielo de tonos naranjas y rojizos.
     — ¿Su billete, por favor?
    Aquella voz le sobresaltó. A su lado el revisor del tren esperaba pacientemente una respuesta. Ella rebuscó en sus bolsillos el ticket que le pedían, hasta que cayó en la cuenta de que no tenía ninguno.
     —Lo, lo siento. No tengo ningún billete…
     El temblor de su voz denotaba el nerviosismo que sentía en aquel momento.
     —Es imposible que no tengas ningún sueño.
     — ¿Cómo?
     El revisor se sentó a su lado en un intento de parecer más amigable.
     — ¿Sabes hacia dónde va este tren, muchacha?
     Ella negó con la cabeza. «El anciano dijo que hacia mis sueños», recordó, pero no lo dijo para no parecer una tonta.
     —Este tren se dirige hacia tus sueños. ¿No tienes ninguna pasión en esta vida? ¿No destacas en ningún área?
    Ella permaneció en silencio. No iba a dejar que ninguno de aquellos lunáticos la tomara por tonta. El tren debía llegar a un destino, y lo comprobaría en cuanto se detuviese.
     —Trabajas muy duro en la factoría. Tu jefe debería estar contento contigo.
     — ¿Cómo lo sabes? —preguntó ella sorprendida.
     —Es nuestra misión conocerlo todo sobre nuestros pasajeros. ¿Cómo sino íbamos a poder ayudarles?
     Ella se giró, dirigiendo su mirada únicamente hacia la ventana del vagón.
     —Yo no necesito ayuda.
     El revisor comenzó a reír.
     —Claro, nadie la necesita.
     
»Ambiciones, ¿no tienes? —Volvió a preguntar el revisor varios segundos después—. ¿Cuándo fue el último día que te fuiste a la cama con esa sonrisa con la que te despiertas?
    Amelia pensó durante varios minutos la respuesta. Cuando por fin creía que había encontrado las palabras, el tren se detuvo.
    —Hemos llegado —dijo el revisor. Acto seguido desapareció por la puerta que daba acceso al siguiente vagón.
    Amelia se bajó del tren y comprobó que estaba en la misma estación desde la que había partido. «¿Cómo es posible? ¡Deberíamos de haber recorrido decenas de kilómetros!».
    El tren la esperaba en el andén al día siguiente. Había pasado toda la noche reflexionando sobre las palabras del revisor y había decidido que debía volver a hablar con él. Se sentó en el mismo asiendo que el día anterior.
     Por la puerta del vagón apareció una pequeña revisora. Cuál fue su sorpresa al reconocerse a sí misma de pequeña. Se encontraba frente a un fiel reflejo de la Amelia de su infancia.
     —Antes nos gustaba observar el atardecer y pintarlo sobre un lienzo blanco —dijo.
    La Amelia mayor no podía pronunciar palabra alguna. Observaba con detenimiento a aquel ser que era ella unos años atrás.
     —Creo que mamá guarda todavía nuestros dibujos.
     A pesar de que era a mediodía y el sol debía estar en lo alto del firmamento, Amelia vio a través de la ventana cómo se escondía por el horizonte, para luego volver a subir, y volver a bajar; así sucesivamente.
    —Eso era algo que hacíamos de pequeñas. He crecido y ahora tengo un trabajo. No puedo dedicarme a perder el tiempo con tonterías —acertó a decir a la defensiva.
     La pequeña revisora suspiró y volvió a hablar:
     —No son tonterías. Era tu pasión, y la dejaste aparcada por la de otro.
    — ¿Por qué vienes aquí a preguntarme estas cosas? —dijo Amelia. No le gustaba que la hicieran pensar de aquella manera.
     —Porque el maquinista me ha ordenado que te obligue a recordar.
     — ¿El maquinista?
     La revisora asintió la cabeza.
    —Sí. Te está esperando a los mandos del tren. Por allí. —Señaló hacia una de las puertas que comunicaban con el siguiente vagón.
     Amelia se levantó del asiento y cruzó varios vagones hasta colocarse en la cabeza del tren. Se encontraba frente a la puerta tras la que el maquinista dirigía aquella máquina. Sin dudarlo, giró el pomo y se adentró en la cabina.
     A los mandos del tren se encontraba… ella.
    Amelia se vio a sí misma a los mandos de aquel tren. Por un instante el miedo le embargó. «No sé conducir un tren». Pero pronto la calma la devolvió a su estado anterior.
     —La pequeña Amelia me ha contado que no quieres perseguir tus sueños —dijo la maquinista.
     Amelia comenzó a llorar.
     — ¿Tan malas decisiones he tomado en la vida?
     La maquinista la agarró de la mano y se la apretó con fuerza.
     —No, pero ha llegado el momento.
     — ¿El momento?
    —Sí. Cuando comenzamos el trabajo nos apasionaba, pero poco a poco está robándote tu vida. Es hora de volver a encontrarnos.
     Aquellas palabras tenían razón. Cada noche volvía a casa desilusionada con el mundo.
     — ¿Cómo? —preguntó como si aquella figura supiera darle respuesta.
     — Solo nosotras podemos llevar este tren hacia su destino.
     — ¿Mis sueños?
    —Efectivamente —respondió la maquinista—. Este tren pasará cada día por la estación hasta que decidas perseguir tus sueños. O pasará tu vida sin que lo hayas tomado una sola vez. Es decisión tuya.
    Después de aquellas palabras, el tren se detuvo en la estación y la maquinista se esfumó. Amelia salió del tren, embargada por la extrañeza de lo que acababa de vivir; pero que, de alguna forma, había removido su interior. Se alejó despacio de la estación por la carretera hacia su hogar. «Pequeña Amelia, creo que es momento de recuperar el tiempo perdido», pensó con decisión.
    En la estación, sentado en el banco, el anciano la observó alejarse con una sonrisa en el rostro. «Otra más que no olvida a su pequeño yo interior. Si no vivimos nuestros sueños con pasión, ¿qué queda de nosotros más que ver pasar el tiempo hasta la muerte?». 

FIN