¡Hola a todos de nuevo!

Hoy vengo a presentaros una iniciativa que a todos los que os guste escribir os va a encantar. En uno de mis blogs sobre escritura favoritos, www.literautas.com, tienen un taller de escritura mensual llamado «Móntame una escena». En él, proponen una serie de palabras sobre las que la gente puede escribir sus propios relatos. Yo os animo a que participéis en él, pues es un fantástico punto de encuentro.

Este mes las palabras a incluir en el relato son: museo, arena, mensajero, loro, y tormenta. Aquí mi relato:

Una tormenta descargaba su lluvia desde el cielo de El Cairo. En sus calles, un cartero corría por la acera en búsqueda de un sitio en el que refugiarse. Sus preciadas cartas no podían mojarse, o el señor Lalbay, su jefe, se enfadaría realmente con él.

Kosei, el cartero curioso, como lo llamaban algunos de aquel céntrico barrio de la capital, miraba desesperado hacia todos lados buscando un lugar para escapar de la lluvia.

Después de varios minutos, un alto edificio de ladrillo rojo apareció frente a él con sus puertas entornadas. No se lo pensó y se adentró en su interior.

Oscuridad, eso fue lo primero que vio. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, pudo adivinar el lugar en el que se encontraba.

No había duda. La elegancia del mármol que le rodeaba, además de toda la decoración que colgaba de las paredes, le transportaban hasta otra época.

«Museo de antigüedades egipcias», leyó al fondo del amplio hall de entrada. De niño, había pasado numerosas tardes en aquel lugar, fascinándose con cada rincón.

Caminó con cuidado hacia la primera sala. Allí, un carruaje perteneciente a Tutankamón deslumbraba a los visitantes con el brillo de sus incrustaciones de oro.

—Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr… ¡intruso! … rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Kosei se asustó. Comenzó a mirar hacia todos lados para ver quién había pronunciado tales palabras.

—Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr… ¡intruso! —Volvió a retumbar en la sala.

Tras un instante, recordó.

—Ven aquí. —dijo Kosei sacando una galleta de su mochila.

Al instante, un loro color plateado voló hasta posarse en su hombro.

—Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr… ¡galleta!

—Hola amigo, ¿qué tal estás?

El loro anduvo por sus hombros mientras se comía el regalo que le había hecho el cartero. Cuando se cansó, bajó el pico, agarró el collar que Kosei llevaba al cuello, y echó a volar hacia la siguiente sala.

El cartero sintió un tirón en el cuello a la vez que vio al loro batir las alas.

— ¡Mi collar! —chilló. El sonido de su voz se perdió lentamente por aquel lugar.

Comenzó a perseguir al animal por las distintas salas que componían aquel gigantesco edificio. Volaba alto, por lo que no podía alcanzarlo. Su oportunidad llegó cuando el loro pretendió cruzar la puerta que daba al vestíbulo principal.

Kosei dio un gran salto, atrapando al animal en sus manos, y con él, su preciado colgante. En su camino se chocaron con una urna expuesta en una columna. Cayeron todos al suelo.

La urna hizo un estrepitoso sonido al romperse en mil pedazos cuando tomó contacto con el suelo. El cartero cerró los ojos esperando un duro golpe contra el mármol, pero algo amortiguó su caída.

Los abrió. Todo el hall se encontraba invadido por una montaña de arena. Quedó boquiabierto, segundos antes aquello no estaba así. ¿Había salido de la minúscula urna?

«Imposible…»

El aire empezó a levantar la arena, formando pequeños remolinos. Segundos más tarde, una insólita tormenta de arena se elevaba entre aquellas paredes. Kosei y el loro corrieron escaleras arriba para protegerse.

«¿Qué está pasando aquí?», pensaba atónito.

—Mooooooooomia —parló el loro.

Aleteaba frenéticamente, realmente asustado.

— ¿Momia?

—Tu, tu, tu, tu, tan, tan, tan, tan… —chillaba como loco.

— ¿Tutankamón?

— ¿Si? —Una voz sonó a la espada de Kosei. Se giró sorprendido.

Una momia se encontraba a diez centímetros suya. Dio un grito, amortiguado por la mano de la momia. Se desmayó cayendo al suelo.

— ¿Estás bien? —Escuchó el cartero recuperando la consciencia—. Te has tenido que hacer bastante daño…

Kosei abrió los ojos. A su lado tenía a una momia abanicándole. Se volvió a desmayar.

—Por favor, despiértate…

El cartero abrió los ojos de nuevo.

—No digas nada, deja que me explique —dijo la momia poniéndole el dedo en la boca.

Kosei lo miraba sin pronunciar palabra alguna.

—Sí, soy una momia. Sí, soy tutankamón. Sí, estoy vivo.

—Pero… ¿cómo? —Aquellas palabras fueron las únicas que Kosei pudo decir.

Tutankamón se alejó, bajando las escaleras hacia la planta baja. Al instante volvía a estar junto al cartero.

—Fácil, mi alma ha estado siempre sellada en esta urna. Tú me has vuelto a liberar.

— ¿Así, tan sencillo?

—Sí, así lo quiso Anubis.

Los ojos de Kosei miraban hacia todas direcciones. No sabía si huir de allí o quedarse a conocer más sobre la momia que tanto había admirado de pequeño.

— ¿Puedo saber para qué has vuelto a la vida?

—Por ser mi libertador, sí. Anubis quiere que termine la misión que me encomendó hace 3343 años. Y creo que tú puedes ayudarme.