Alicia entró en la habitación. Su hijo dormía profundamente. Ella lo contempló, acariciándole el rostro, antes de despertarlo. Lo agitó. Los ojos de Tomás se abrieron de par en par.

—Vamos Tomás, es hora de levantarse.

—No puedo mamá, me he despertado malo —dijo mientras tosía falsamente.

—Venga, que no podemos llegar tarde.

—¡Mamá, que estoy enfermo!

Su madre lo miró enfurecida. Su jefe no se tomaba muy bien la impuntualidad, y la directora del colegio de Tomás también le recriminaría la tardanza.

—¿Qué te pasa? —dijo Alicia. Se sentó a su lado en la cama y puso su mano en la frente de su hijo para comprobar su temperatura corporal, todo normal—. Ahora abre la boca.

—Me siento realmente mal…

—Tomás, no tienes nada. ¿No quieres ir al colegio?

—No.

—¿Y por qué no? —Ella miró el reloj impaciente.

Tomás titubeó, razonando un argumento lo suficientemente válido como para hacer cambiar de opinión a su madre.

—Hoy tengo clase de gimnasia, y no quiero ir…

—¿Te crees que es tan fácil, no querer ir a clase y que yo te diga que te quedes aquí?

—Es que… —comenzó a protestar.

—Sin excusas, hoy vas al colegio.

Él se echó a llorar lleno de ira.

—¡No voy a ir! Alex y su pandilla me han dicho que hoy me darían una paliza en el vestuario. ¿Quieres que me den una paliza?

—No te creo. Esta es otra de tus mentiras, ¿verdad?

Alicia se levantó de la cama. No podía creer que su hijo estuviera intentando engañarla de aquella manera por tal de no ir al colegio.

—Te creería si no fuera la décima vez que me mientes este mes. El parte disciplinario por una pelea que no me enseñaste, la tutoría no comunicada, los cinco euros que me quitaste del monedero el otro día… ¿cómo esperas que te crea?

Él la miró secándose las lágrimas. Un breve silencio se formó entre los dos, mientras a sus mentes no paraban de llegar distintos pensamientos.

Alicia tomó la palabra:

—No tienes que inventarte algo tan grave para no ir a clase.

—Mamá, me hacen bullying —dijo Tomás en susurros. Volvió a echarse a llorar.

—Hijo, es tu obligación ir al colegio quieras o no. Vas a ir.

Tomás se sumió en un largo lamento. Alicia pocas veces lo había visto así, su hijo era más de montar espectáculos cuando enfurecía, lleno de ira. Su expresión cambió al darse cuenta de lo triste que lo había notado días atrás, aunque no le hubiera prestado demasiada atención.

—Te creo, pero hoy tienes que ir al colegio. Hablaré con tu tutora, la jefa de estudios y la directora si es necesario, para tratar el tema. Te prometo que esos chicos te dejarán en paz, pero debes vestirte que llego tarde al trabajo.

—Siempre estás trabajando —dijo Tomás en un tono de reproche. Aquellas palabras no sentaron bien a su madre—. No hacemos nada juntos, nunca te veo.

Alicia comenzó a temblar, no le gustaba hablar de ese tema. Le mordía el corazón no poder pasar tanto tiempo con Tomás como a ella le gustaría.

—Cariño, si trabajo tanto es por el bien de los dos, para salir adelante.

—Mamá, te estás perdiendo todos los momentos importantes de mi vida por el trabajo…

Aquellas palabras le dejaron una profunda huella, provocándole que dos lágrimas le cayeran por las mejillas.

—Tomás, ¿por qué no me has contado antes que te acosaban en el colegio?

—No sé —dijo él, avergonzado—. No hablamos mucho. Por ejemplo, nunca hemos hablado lo que pasó con papá hace cinco años, cuando nos abandonó.

Alicia se acercó a su hijo y le abrazó fuertemente. Él la miró con los ojos sumidos también en lágrimas.

—Hijo, te prometo que estaremos más unidos, que nos contaremos todas las cosas.

—Mamá… los niños de mi clase se meten conmigo por ser homosexual…

Aquella revelación impresionó a Alicia, que comprendió la falta de unión existente entre ambos.

—Papá nos abandonó porque yo lo eché de casa, lo pillé en la cama con otra mujer…

Ambos continuaron abrazados, expresando con su cuerpo lo que su alma sentía. La vuelta a tender puentes emocionales entre ellos.

—Mamá, siento haberte echado en cara lo de papá…

—No te preocupes hijo, lo superé hace mucho tiempo. Si estoy poco en casa es porque trabajo duro para que salgamos adelante.

—Gracias por esforzarte tanto por los dos —dijo Tomás en un agradecimiento sincero.

—Tengo pareja, ¿sabes?, pero no la veo mucho. Se llama Ramón, y es un buen hombre. Algún día os presentaré —aseguró Alicia.

Aquella sinceridad repentina entre ambos comenzó a hacer crecer el sentimiento familiar que se había deteriorado con el paso del tiempo, desde que los había abandonado su padre.

—Mamá, llegas tarde al trabajo. No quiero que el señor Jaime te regañe por mi culpa…

—No te preocupes. Hoy me tomaré el día libre, quiero quedarme aquí a tu lado. Tenemos demasiado de lo que hablar. Te prometo que mañana iré a primera hora al colegio a resolver lo de esos abusones.

Así quedaron durante largas horas, abrazados. Alegres por volver a aquel tiempo en el que eran felices de tenerse el uno al otro.

Alicia sonrió, se dio cuenta que su hijo era lo más importante en su vida y que estaba desperdiciando momentos con él. Tomás la miró, se sentía feliz de volver a formar un equipo con su madre, la persona que se desvivía por él.